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Ciencia (en latín scientia, de scire,
'conocer'), término que en su sentido más amplio se emplea para referirse
al conocimiento sistematizado en cualquier campo, pero que suele aplicarse
sobre todo a la organización de la experiencia sensorial objetivamente
verificable. La búsqueda de conocimiento en ese contexto se conoce como
'ciencia pura', para distinguirla de la 'ciencia aplicada' -la búsqueda de usos
prácticos del conocimiento científico- y de la tecnología, a través de la cual
se llevan a cabo las aplicaciones. (Para más información, véanse los artículos
individuales sobre la mayoría de las ciencias mencionadas a lo largo de este
artículo.)
Los esfuerzos para sistematizar el
conocimiento se remontan a los tiempos prehistóricos, como atestiguan los
dibujos que los pueblos del paleolítico pintaban en las paredes de las cuevas,
los datos numéricos grabados en hueso o piedra o los objetos fabricados por las
civilizaciones del neolítico. Los testimonios escritos más antiguos de
investigaciones protocientíficas proceden de las culturas mesopotámicas, y
corresponden a listas de observaciones astronómicas, sustancias químicas o
síntomas de enfermedades -además de numerosas tablas matemáticas- inscritas en
caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla. Otras tablillas que datan aproximadamente
del 2000 a.C. demuestran que los babilonios conocían el teorema de
Pitágoras, resolvían ecuaciones cuadráticas y habían desarrollado un sistema
sexagesimal de medidas (basado en el número 60) del que se derivan las unidades
modernas para tiempos y ángulos (Ver Sistema numérico>; Numeración).
En el valle del Nilo se han descubierto
papiros de un periodo cronológico próximo al de las culturas mesopotámicas que
contienen información sobre el tratamiento de heridas y enfermedades, la
distribución de pan y cerveza, y la forma de hallar el volumen de una parte de
una pirámide. Algunas de las unidades de longitud actuales proceden del sistema
de medidas egipcio y el calendario que empleamos es el resultado indirecto de
observaciones astronómicas prehelénicas. Regresar arriba
El conocimiento científico en Egipto y
Mesopotamia era sobre todo de naturaleza práctica, sin excesiva
sistematización. Uno de los primeros sabios griegos que investigó las causas
fundamentales de los fenómenos naturales fue, en el siglo VI a.C., el
filósofo Tales de Mileto que introdujo el concepto de que la Tierra era un
disco plano que flotaba en el elemento universal, el agua. El matemático y
filósofo Pitágoras, de época posterior, estableció una escuela de pensamiento
en la que las matemáticas se convirtieron en disciplina fundamental en toda
investigación científica. Los eruditos pitagóricos postulaban una Tierra
esférica que se movía en una órbita circular alrededor de un fuego central. En
Atenas, en el siglo IV a.C., la filosofía natural jónica y la ciencia
matemática pitagórica llegaron a una síntesis en la lógica de Platón y
Aristóteles. En la Academia de Platón se subrayaba el razonamiento deductivo y
la representación matemática; en el Liceo de Aristóteles primaban el
razonamiento inductivo y la descripción cualitativa. La interacción entre estos
dos enfoques de la ciencia ha llevado a la mayoría de los avances posteriores.
Durante la llamada época helenística, que
siguió a la muerte de Alejandro Magno, el matemático, astrónomo y geógrafo
Eratóstenes realizó una medida asombrosamente precisa de las dimensiones de la
Tierra. El astrónomo Aristarco de Samos propuso un sistema planetario heliocéntrico
(con centro en el Sol), aunque este concepto no halló aceptación en la época
antigua. El matemático e inventor Arquímedes sentó las bases de la mecánica y
la hidrostática (una rama de la mecánica de fluidos); el filósofo y científico
Teofrasto fundó la botánica; el astrónomo Hiparco de Nicea desarrolló la
trigonometría, y los anatomistas y médicos. Herófilo y Erasístrato basaron la
anatomía y la fisiología en la disección.
Tras la destrucción de Cartago y Corinto por
los romanos en el año 146 a.C., la investigación científica perdió impulso
hasta que se produjo una breve recuperación en el siglo II d.C. bajo el
emperador y filósofo romano Marco Aurelio. El sistema de Tolomeo -una teoría
geocéntrica (con centro en la Tierra) del Universo propuesta por el astrónomo
Claudio Tolomeo- y las obras médicas del filósofo y médico Galeno se
convirtieron en tratados científicos de referencia para las civilizaciones
posteriores. Un siglo después surgió la nueva ciencia experimental de la
alquimia a partir de la metalurgia. Sin embargo, hacia el año 300, la alquimia
fue adquiriendo un tinte de secretismo y simbolismo que redujo los avances que
sus experimentos podrían haber proporcionado a la ciencia. Regresar arriba
Durante la edad media existían seis grupos
culturales principales: en lo que respecta a Europa, de un lado el Occidente
latino y, de otro, el Oriente griego (o bizantino); en cuanto al continente
asiático, China e India, así como la civilización musulmana (también presente
en Europa), y, finalmente, en el ignoto continente americano, desligado del
resto de los grupos culturales mencionados, la civilización maya. El grupo
latino no contribuyó demasiado a la ciencia hasta el siglo XIII; los
griegos no elaboraron sino meras paráfrasis de la sabiduría antigua; los mayas,
en cambio, descubrieron y emplearon el cero en sus cálculos astronómicos, antes
que ningún otro pueblo. En China la ciencia vivió épocas de esplendor, pero no
se dio un impulso sostenido. Las matemáticas chinas alcanzaron su apogeo en el
siglo XIII con el desarrollo de métodos para resolver ecuaciones
algebraicas mediante matrices y con el empleo del triángulo aritmético. Pero lo
más importante fue el impacto que tuvieron en Europa varias innovaciones
prácticas de origen chino. Entre ellas estaban los procesos de fabricación del
papel y la pólvora, el uso de la imprenta y el empleo de la brújula en la
navegación. Las principales contribuciones indias a la ciencia fueron la
formulación de los numerales denominados indoarábigos, empleados actualmente, y
la modernización de la trigonometría. Estos avances se transmitieron en primer
lugar a los árabes, que combinaron los mejores elementos de las fuentes
babilónicas, griegas, chinas e indias. En el siglo IX Bagdad, situada a
orillas del río Tigris, era un centro de traducción de obras científicas y en
el siglo XII estos conocimientos se transmitieron a Europa a través de
España, Sicilia y Bizancio.
En el siglo XIII la recuperación de
obras científicas de la antigüedad en las universidades europeas llevó a una
controversia sobre el método científico. Los llamados realistas apoyaban el
enfoque platónico, mientras que los nominalistas preferían la visión de
Aristóteles. En las universidades de Oxford y París estas discusiones llevaron
a descubrimientos de óptica y cinemática que prepararon el camino para Galileo
y para el astrónomo alemán Johannes Kepler.
La gran epidemia de peste y la guerra de los
Cien Años interrumpieron el avance científico durante más de un siglo, pero en
el siglo XVI la recuperación ya estaba plenamente en marcha. En 1543 el
astrónomo polaco Nicolás Copérnico publicó De revolutionibus orbium
caelestium (Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes), que
conmocionó la astronomía. Otra obra publicada ese mismo año, Humani corporis
fabrica libri septem (Siete libros sobre la estructura del cuerpo humano),
del anatomista belga Andrés Vesalio, corrigió y modernizó las enseñanzas
anatómicas de Galeno y llevó al descubrimiento de la circulación de la sangre.
Dos años después, el libro Ars magna (Gran arte), del matemático,
físico y astrólogo italiano Gerolamo Cardano, inició el periodo moderno en el
álgebra con la solución de ecuaciones de tercer y cuarto grado. Regresar arriba
Esencialmente, los métodos y resultados
científicos modernos aparecieron en el siglo XVII gracias al éxito de
Galileo al combinar las funciones de erudito y artesano. A los métodos antiguos
de inducción y deducción, Galileo añadió la verificación sistemática a través
de experimentos planificados, en los que empleó instrumentos científicos de
invención reciente como el telescopio, el microscopio o el termómetro. A
finales del siglo XVII se amplió la experimentación: el matemático y
físico Evangelista Torricelli empleó el barómetro; el matemático, físico y
astrónomo holandés Christiaan Huygens usó el reloj de péndulo; el físico y
químico británico Robert Boyle y el físico alemán Otto von Guericke utilizaron la
bomba de vacío.
La culminación de esos esfuerzos fue la
formulación de la ley de la gravitación universal, expuesta en 1687 por
el matemático y físico británico Isaac Newton en su obra Philosophiae
naturalis principia mathematica (Principios matemáticos de la filosofía
natural). Al mismo tiempo, la invención del cálculo infinitesimal
por parte de Newton y del filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm
Leibniz sentó las bases de la ciencia y las matemáticas actuales.
Los descubrimientos científicos de Newton y
el sistema filosófico del matemático y filósofo francés René Descartes
dieron paso a la ciencia materialista del siglo XVIII, que trataba de
explicar los procesos vitales a partir de su base físico-química. La confianza
en la actitud científica influyó también en las ciencias sociales e inspiró el
llamado Siglo de las Luces, que culminó en la Revolución Francesa de
1789. El químico francés Antoine Laurent de Lavoisier publicó el Tratado
elemental de química en 1789 e inició así la revolución de la química
cuantitativa.
Los avances científicos del siglo XVIII
prepararon el camino para el siguiente, llamado a veces "siglo de la
correlación" por las amplias generalizaciones que tuvieron lugar en la ciencia.
Entre ellas figuran la teoría atómica de la materia postulada por el químico y
físico británico John Dalton, las teorías electromagnéticas de Michael
Faraday y James Clerk Maxwell, también británicos, o la ley de la
conservación de la energía, enunciada por el físico británico James Prescott
Joule y otros científicos.
La teoría biológica de alcance más global fue
la de la evolución, propuesta por Charles Darwin en su libro El
origen de las especies, publicado en 1859, que provocó una polémica en la
sociedad -no sólo en los ámbitos científicos- tan grande como la obra de
Copérnico. Sin embargo, al empezar el siglo XX el concepto de evolución ya
se aceptaba de forma generalizada, aunque su mecanismo genético continuó siendo
discutido.
Mientras la biología adquiría una base más
firme, la física se vio sacudida por las inesperadas consecuencias de la teoría
cuántica y la de la relatividad. En 1927 el físico alemán Werner
Heisenberg formuló el llamado principio de incertidumbre, que afirma
que existen límites a la precisión con que pueden determinarse a escala
subatómica las coordenadas de un suceso dado. En otras palabras, el principio
afirmaba la imposibilidad de predecir con precisión que una partícula, por
ejemplo un electrón, estará en un lugar determinado en un momento determinado y
con una velocidad determinada. La mecánica cuántica no opera con datos exactos,
sino con deducciones estadísticas relativas a un gran número de sucesos
individuales. Regresar arriba
Los comienzos de la ciencia española se
remontan (dejando aparte el primitivo saber de san Isidoro de Sevilla) a
la civilización hispanoárabe y sobre todo a la gran escuela astronómica de
Toledo del siglo XI encabezada por al-Zarqalluh (conocido por Azarquiel
en la España medieval). Después de la conquista de la ciudad de Toledo
por el rey Alfonso VI en 1085, comenzó un movimiento de traducción
científica del árabe al latín, promovido por el arzobispo Raimundo de Toledo (véase
Escuela de traductores de Toledo). Este movimiento continuó bajo el
patrocinio de Alfonso X el Sabio y los astrónomos de su corte
(entre los que destacó el judío Isaac ibn Cid); su trabajo quedó
reflejado en los Libros del saber de astronomía y las Tablas
alfonsíes, tablas astronómicas que sustituyeron en los centros científicos
de Europa a las renombradas Tablas toledanas de Azarquiel.
En la primera mitad del siglo XVI,
España participó en el movimiento de renovación científica europea, en el que
intervinieron de forma destacada Juan Valverde de Amusco, seguidor de
Andrés Vesalio, y la escuela de los calculatores -promotores de la
renovación matemática y física-, a la que pertenecían Pedro Ciruelo, Juan
de Celaya y Domingo de Soto. El descubrimiento de América
estimuló avances, tanto en historia natural (con José de Acosta y Gonzalo
Fernández de Oviedo) como en náutica (con Pedro de Medina, Martín
Cortés y Alonso de Santa Cruz).
Después de que Felipe II prohibiera
estudiar en el extranjero, la ciencia española entró en una fase de decadencia y
neoescolasticismo de la cual no saldría hasta finales del siglo XVII, con
el trabajo de los llamados novatores. Este grupo promovía
semiclandestinamente las nuevas ideas de Newton y William Harvey, y a él
pertenecían, entre otros, Juan Caramuel y Lobkowitz, Juan de Cabriada
y Antonio Hugo de Omerique, cuya obra Analysis Geometrica (1698)
atrajo el interés de Newton. En la misma época, desde Nueva España, Diego
Rodríguez comentó los hallazgos de Galileo.
El sistema newtoniano, todavía prohibido por
la Iglesia, se difundió ampliamente en el mundo hispano del siglo XVIII, a
partir de Jorge Juan y Antonio de Ulloa (socios del francés Charles
de La Condamine en su expedición geodésica a los Andes) en la península
Ibérica, José Celestino Mutis en Nueva Granada y Cosme Bueno
en Perú.
El otro pilar de la modernización científica
de la Ilustración fue Linneo, cuya nomenclatura binomial fascinó
a toda una generación de botánicos europeos, estimulando nuevas exploraciones.
En España, Miguel Barnades y más tarde sus discípulos Casimiro Gómez Ortega
y Antonio Palau Verdera enseñaron la nueva sistemática botánica. El
siglo XVIII fue la época de las expediciones botánicas y científicas al
Nuevo Mundo, entre las que destacaron la de Mutis (corresponsal de Linneo) a
Nueva Granada, la de Hipólito Ruiz y José Pavón a Perú, la de José
Mariano Mociño y Martín de Sessé a Nueva España, y la de Alejandro
Malaspina alrededor del globo. También en los territorios americanos la
ciencia floreció en instituciones como el Real Seminario de Minería de México,
el Observatorio Astronómico de Bogotá o el Anfiteatro Anatómico de Lima.
Las Guerras Napoleónicas y de Independencia
interrumpieron el avance de la ciencia tanto en la península Ibérica como en Latinoamérica.
En España la recuperación fue muy lenta; la vida científica se paralizó
prácticamente hasta la aparición de nuevas ideas -el darwinismo en primer
lugar- como secuela de la revolución de 1868 y la I República. En esta
renovación científica desempeñó un papel fundamental el neurólogo Santiago
Ramón y Cajal, primer premio Nobel español (en 1906 compartió el Premio
Nobel de Fisiología y Medicina con el médico italiano Camillo Golgi por
sus descubrimientos sobre la estructura del sistema nervioso); también
intervinieron José Rodríguez de Carracido en química, Augusto
González de Linares en biología, José Macpherson en geología y Zoel García
Galdeano en matemáticas. En América Latina pueden referirse como
representativas de la renovación científica del siglo XIX una serie de
instituciones positivistas: en México, la Sociedad de Historia Natural (1868),
la Comisión Geográfico-Exploradora (1877) o la Comisión Geológica (1886); en
Argentina, el Observatorio Astronómico (1882), el Museo de Ciencias Naturales
(1884), la Sociedad Científica Argentina (1872), el Observatorio de Córdoba
(1870), dirigido por el estadounidense Benjamin Gould, y la Academia de las
Ciencias de Córdoba (1874); por último en Brasil, la Escuela de Minas de Ouro
Preto, el Servicio Geológico de São Paulo y el Observatorio Nacional de Río de
Janeiro.
Gracias al empuje que el Premio Nobel de
Ramón y Cajal dio a la ciencia en general, en 1907 el gobierno español
estableció la Junta para la Ampliación de Estudios para fomentar el desarrollo
de la ciencia, creando becas para el extranjero y, algo más tarde, una serie de
laboratorios. Cuando Pío del Río Hortega se instaló en el laboratorio de
histología establecido por la Junta en la Residencia de Estudiantes de Madrid,
se convirtió en el primer investigador profesional en la historia de la ciencia
española. El centro de innovación en ciencias físicas fue el Instituto Nacional
de Física y Química de Blas Cabrera, que a finales de la década de 1920
recibió una beca de la Fundación Rockefeller para construir un nuevo y moderno
edificio. Allí trabajaron Miguel Ángel Catalán, que realizó importantes
investigaciones en espectrografía, y el químico Enrique Moles. En
matemáticas el centro innovador fue el Laboratorio Matemático de Julio Rey
Pastor, cuyos discípulos ocuparon prácticamente la totalidad de cátedras de
matemáticas de España. Muchos de ellos fueron becados en Italia con Tullio
Levi-Civita, Vito Volterra, Federigo Enriques y otros miembros de la gran
escuela italiana, cuyo manejo del cálculo tensorial les había asociado con la
relatividad general de Einstein. Rey Pastor fue un impulsor de la visita
que Einstein realizó a España en 1923, en la que el físico alemán fue recibido
sobre todo por matemáticos, ya que la física estaba mucho menos desarrollada.
En biomedicina, además de la neurohistología, adquirió relevancia la
fisiología, dividida en dos grupos: el de Madrid, regido por Juan Negrín,
quien formó al futuro premio Nobel Severo Ochoa, y el de Barcelona,
dirigido por August Pi i Sunyer. Durante la década de 1920 ambos grupos
trabajaron en la acción química de las hormonas, sobre todo de la adrenalina.
En América Latina la fisiología, al igual que
en España, ocupaba el liderazgo en las ciencias biomédicas. Los argentinos Bernardo
Houssay y Luis Leloir ganaron el Premio Nobel en 1947 y 1970
respectivamente; fueron los primeros otorgados a científicos latinoamericanos
por trabajos bioquímicos. En física, distintos países consideraron que la
física nuclear era el camino más práctico hacia la modernización científica,
debido a la facilidad para obtener aceleradores de partículas de países
europeos o de Norteamérica. No obstante, la física nuclear comenzó, por su
mínimo coste, con el estudio de los rayos cósmicos. En la década de
1930, los brasileños Marcello Damy de Souza y Paulus Aulus Pompéia descubrieron
el componente penetrante o 'duro' de los rayos cósmicos; en 1947 César Lattes,
investigando en el Laboratorio de Física Cósmica de Chacaltaya
(Bolivia), confirmó la existencia de los piones (véase Física:
Partículas elementales). También la genética resultó ser un campo de
investigación fructífero en América Latina. En 1941 el genetista estadounidense
de origen ucraniano Theodosius Dobzhansky emprendió el primero de sus viajes
a Brasil donde formó a toda una generación de genetistas brasileños en la
genética de poblaciones. Su objetivo era estudiar las poblaciones naturales de Drosophila
en climas tropicales para compararlas con las poblaciones de regiones templadas
que ya había investigado. Descubrió que las poblaciones tropicales estaban
dotadas de mayor diversidad genética que las templadas y, por lo tanto,
pudieron ocupar más 'nichos' ecológicos que éstas.
Tanto en España como en América Latina la
ciencia del siglo XX ha tenido dificultades con los regímenes
autoritarios. En la década de 1960 se produjo en Latinoamérica la llamada 'fuga
de cerebros': en Argentina, por ejemplo, la Facultad de Ciencias Exactas de la
Universidad de Buenos Aires perdió más del 70% del profesorado debido a las
imposiciones del gobierno contra las universidades. Bajo la dictadura militar
de la década de 1980, los generales expulsaron de este país a los
psicoanalistas, y el gobierno apoyó una campaña contra la 'matemática nueva' en
nombre de una idea mal entendida de la matemática clásica. En Brasil, bajo la
dictadura militar de la misma época, un ministro fomentó la dimisión de toda
una generación de parasitólogos del Instituto Oswaldo Cruz, dando lugar a lo
que se llamó 'la masacre de Manguinhos'. Regresar arriba
A lo largo de la historia, el conocimiento
científico se ha transmitido fundamentalmente a través de documentos escritos,
algunos de los cuales tienen una antigüedad de más de 4.000 años. Sin embargo,
de la antigua Grecia no se conserva ninguna obra científica sustancial del
periodo anterior a los Elementos del geómetra Euclides (alrededor
del 300 a.C.). De los tratados posteriores escritos por científicos
griegos destacados sólo se conservan aproximadamente la mitad. Algunos están en
griego, mientras que en otros casos se trata de traducciones realizadas por
eruditos árabes en la edad media. Las escuelas y universidades medievales
fueron los principales responsables de la conservación de estas obras y del
fomento de la actividad científica.
Sin embargo, desde el renacimiento
esta labor ha sido compartida por las sociedades científicas; la más antigua de
ellas, que todavía existe, es la Accademia nazionale dei Lincei (a la que
perteneció Galileo), fundada en 1603 para promover el estudio de las ciencias
matemáticas, físicas y naturales. Ese mismo siglo, el apoyo de los gobiernos a
la ciencia llevó a la fundación de la Royal Society de Londres (1660) y de la
Academia de Ciencias de París (1666). Estas dos organizaciones iniciaron la
publicación de revistas científicas, la primera con el título de Philosophical
Transactions y la segunda con el de Mémoires.
Durante el siglo XVIII otras naciones
crearon academias de ciencias. En Estados Unidos, un club organizado en 1727
por Benjamin Franklin se convirtió en 1769 en la Sociedad Filosófica
Americana. En 1780 se constituyó la Academia de las Artes y las Ciencias de
América, fundada por John Adams, el segundo presidente
estadounidense. En 1831 se reunió por primera vez la Asociación Británica para
el Desarrollo de la Ciencia, seguida en 1848 por la Asociación Americana
para el Desarrollo de la Ciencia y en 1872 por la Asociación Francesa para
el Desarrollo de la Ciencia. Estos organismos nacionales editan respectivamente
las publicaciones Nature, Science y Compte-Rendus. El número de
publicaciones científicas creció tan rápidamente en los primeros años del
siglo XX que el catálogo Lista mundial de publicaciones científicas
periódicas editadas en los años 1900-1933 ya incluía unas 36.000 entradas
en 18 idiomas. Muchas de estas publicaciones son editadas por sociedades
especializadas dedicadas a ciencias concretas.
Desde finales del siglo XIX la
comunicación entre los científicos se ha visto facilitada por el
establecimiento de organizaciones internacionales, como la Oficina
Internacional de Pesas y Medidas (1875) o el Consejo Internacional de
Investigación (1919). Este último es una federación científica subdividida en
uniones internacionales para cada una de las ciencias. Cada pocos años, las
uniones celebran congresos internacionales, cuyos anales suelen publicarse.
Además de las organizaciones científicas nacionales e internacionales, muchas
grandes empresas industriales tienen departamentos de investigación, de los que
algunos publican de forma regular descripciones del trabajo realizado o envían
informes a las oficinas estatales de patentes, que a su vez editan resúmenes en
boletines de publicación periódica. Regresar arriba
Originalmente el conocimiento de la
naturaleza era en gran medida la observación e interrelación de todas las
experiencias, sin establecer divisiones. Los eruditos pitagóricos sólo
distinguían cuatro ciencias: aritmética, geometría, música y astronomía. En la
época de Aristóteles, sin embargo, ya se reconocían otros campos: mecánica,
óptica, física, meteorología, zoología y botánica. La química permaneció fuera
de la corriente principal de la ciencia hasta la época de Robert Boyle, en el
siglo XVII, y la geología sólo alcanzó la categoría de ciencia en el
siglo XVIII. Para entonces el estudio del calor, el magnetismo y la
electricidad se había convertido en una parte de la física. Durante el
siglo XIX los científicos reconocieron que las matemáticas puras se
distinguían de las otras ciencias por ser una lógica de relaciones cuya
estructura no depende de las leyes de la naturaleza. Sin embargo, su aplicación
a la elaboración de teorías científicas ha hecho que se las siga clasificando
como ciencia.
Las ciencias naturales puras suelen dividirse
en ciencias físicas y químicas, y ciencias de la vida y de la Tierra. Las
principales ramas del primer grupo son la física, la astronomía y la química,
que a su vez se pueden subdividir en campos como la mecánica o la cosmología.
Entre las ciencias de la vida se encuentran la botánica y la zoología; algunas
subdivisiones de estas ciencias son la fisiología, la anatomía o la
microbiología. La geología es una rama de las ciencias de la Tierra.
Sin embargo, todas las clasificaciones de las
ciencias puras son arbitrarias. En las formulaciones de leyes científicas
generales se reconocen vínculos entre las distintas ciencias. Se considera que
estas relaciones son responsables de gran parte del progreso actual en varios
campos de investigación especializados, como la biología molecular y la
genética. Han surgido varias ciencias interdisciplinares, como la bioquímica,
la biofísica, las biomatemáticas o la bioingeniería, en las que se explican los
procesos vitales a partir de principios físico-químicos. Los bioquímicos, por
ejemplo, sintetizaron el ácido desoxirribonucleico (ADN); la cooperación
de biólogos y físicos llevó a la invención del microscopio electrónico, que
permite el estudio de estructuras poco mayores que un átomo. Se prevé que la
aplicación de estos métodos interdisciplinares produzca también resultados
significativos en el terreno de las ciencias sociales y las ciencias
de la conducta.
Las ciencias aplicadas incluyen campos como
la aeronáutica, la electrónica, la ingeniería y la metalurgia -ciencias físicas
aplicadas- o la agronomía y la medicina -ciencias biológicas aplicadas. También
en este caso existe un solapamiento entre las ramas. Por ejemplo, la
cooperación entre la iatrofísica (una rama de la investigación médica basada en
principios de la física) y la bioingeniería llevó al desarrollo de la bomba
corazón-pulmón empleada en la cirugía a corazón abierto y al diseño de órganos
artificiales como cavidades y válvulas cardiacas, riñones, vasos sanguíneos o
la cadena de huesecillos del oído interno. Este tipo de avances suele deberse a
las investigaciones de especialistas procedentes de diversas ciencias, tanto
puras como aplicadas. La relación entre teoría y práctica es tan importante
para el avance de la ciencia en nuestros días como en la época de Galileo. Véase
también Filosofía de la ciencia. Regresar arriba
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